El verano de mi vida

por Soliloquiador

Mi mente me lleva todos los días a aquella playa de la costa francesa. Llena de bullicio. El gentío y el caos apenas te permitían caminar por el agua o volver a tu punto asignado en la orilla. El frío y la humedad me calaban profundamente y me hacían sentir vivo, lo que tenía mucho de paradoja y hasta un punto de ironía, porque sufría el vacío de la vida.

Agradecí no estar descalzo, así mis pies no sufrirían el dolor del tropiezo con los obstáculos de la baja profundidad de la costa.

Mi principal objetivo era poder llegar a ese punto un poco más allá de la arena fina, atravesando el avispero en que me hallaba.

Adelantaba terreno como podía, abriéndome paso a codazos, luchando contra la pesada carga de mi cuerpo y las olas, cómplices ambas de intentar derribarme.

Avanzar, avanzar, avanzar… Ésa era la idea que abarcaba todos mis pensamientos, mi objetivo primordial, mi vida dependía de ello. Ya fuera a empujones o por encima de los que rondaban bajo el agua, como fuera. Mi meta última era llegar a ese punto.

Pronto noté el alivio de dejar atrás la lucha contra el agua, pero el peso de mi cuerpo se multiplicó. Tanto que se me doblaron las piernas por la fatiga y eso hizo que me topara de bruces contra la arena. Con parte de la cara encajada en la tierra esperaba la muerte. No llegó. No parecía que fuera mi hora todavía. ¿Qué me había llevado hasta allí? ¿Por qué tenía que seguir luchando si me sentía tan vacío de vida?

De pronto, di un gran tumbo causado por una fuerte ola que me retorció el cuerpo y, de mirar al suelo, pasé a contemplar el cielo. Entonces, no podría explicar de qué manera, lo comprendí todo. Me volvieron todo tipo de fuerzas que todavía hoy me pregunto de dónde demonios salieron.

Ahora era ya un gran revoltijo de barro, sudor y ropajes húmedos que se abría paso como podía en un patético intento de correr. Pronto me llegó ese sabor a sangre, fruto del esfuerzo titánico, que se mezclaba con el gusto a salitre y la textura de la arena. Esquivando, rodeando e, incluso, pasando por encima de los que quedaban acostados en el suelo, me acercaba a mi meta.

Vi más claro que nunca mi momento. Una pequeña tregua me dio la oportunidad de quemar mis últimas energías. Avancé en un instante mucho más de lo que lo había hecho hasta ahora. Sólo unos cuantos metros más y ya estaría allí.

Culminé la poca distancia que me quedaba con un gran salto, que acabó en una caída en plancha. Por fin lo logré, había llegado a mi objetivo asignado.

Agoté las pocas fuerzas que me quedaban en levantarme y tratar de recuperar el aliento. Mientras lo hacía, vi la señal: Misión cumplida. Hemos conseguido tomar la playa de Omaha en el día D. Aquello supondría el principio del fin de la segunda de las grandes guerras. Sin duda, aquel iba a ser y fue el verano de mi vida.